Suficientemente buenos
Por Daniel Gómez Ospina
Yo tengo toda la información para ser un padre perfecto. No lo soy. Ni tampoco lo seré.
Me he liberado.
Hoy, a las 5:30 de la tarde, horas antes de escribir esto, le puse a Juan Pedro, mi hijo de dos años y seis meses, Peppa Pig en el televisor. Y lo volvería a hacer. Sin culpa.
Como director de Fuly, una compañía dedicada al bienestar y la alimentación de los niños, hace no mucho me hubiera autoflagelado por hacer eso. Hoy no.
Acabábamos de llegar de un viaje en avión desde Bogotá. Tuvimos que ir los tres de un día para otro a la Embajada de Estados Unidos con el niño. Por eso tocó levantarse a las cinco y media de la mañana, desayunar a las once y no probar bocado de nuevo hasta las seis de la tarde. Obviamente el niño sí tuvo snacks en la tarde.
A las 5:30 de la tarde, mi corteza prefrontal (y la de Juli, mi esposa) operaba con la batería al ocho por ciento. La capacidad de decidir bien se había quemado hace rato. El cerebro hace lo único que sabe hacer cuando se queda sin reservas: busca el camino más corto. Y el camino más corto casi nunca coincide con el camino que yo había imaginado esa mañana, cuando todavía tenía planes coherentes.
A todos los padres nos ha pasado esto. El problema es que después llega lo más cruel. No la consecuencia de la decisión. Lo que viene después.
A las nueve, cuando el niño duerme, llega la culpa. Esa culpa que hoy yo no tengo. A las diez, motivados por esa misma culpa, hacemos un plan ambicioso. El lunes lo ejecutamos. El martes lo sostenemos. El miércoles colapsa todo otra vez. Y la culpa se refuerza. Y el ciclo gira. Y al final del mes no avanzamos un centímetro, pero sí cargamos un kilo más de la convicción silenciosa de que somos malos padres. O por lo menos, que no estamos siendo lo suficientemente buenos que sabemos que podríamos ser.
Este texto es para esa cabeza que ya no puede más. Empezando por la mía.
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La carga invisible que cargué tantos años
Durante años cargué con un peso que no sabía que estaba cargando.
Nunca como ahora se ha sabido tanto sobre criar. Y nunca como ahora los padres hemos cargado con tanto peso. Tengo en el teléfono más información sobre nutrición, sueño y desarrollo de la que cabía en una biblioteca entera hace cincuenta años. Y aun así llegaba a la noche con la sensación de no estar nunca dando la talla.
Veo lo mismo en Juli. Lo veo en cada amigo y amiga que ya tiene hijos. Lo veo en cada conversación que tengo con padres a raiz de mi trabajo. La ansiedad en las casas con niños es récord. La obesidad infantil se triplicó en cuarenta años. La sensación de ir siempre tarde se volvió ambiente, como el calor de Medellín.
Hay un nombre para lo que pasa en miles de niños hoy. Doble carga de malnutrición. Cuerpos llenos con hambre oculta adentro porque no reciben los nutrientes que el cuerpo necesita, a pesar de la abundancia aparente de comida.
Y hay un nombre para lo que nos pasa a los adultos. El agotamiento de quien corre una carrera que no termina. Padres llenos de información, con hambre oculta de calma.
La pregunta es por qué me sorprende fallar, dado el ecosistema en el que estoy intentando criar a mi hijo.
Cada vez que entro a un supermercado, sin darme cuenta, paso por un campo de batalla diseñado por gente muy preparada para que gaste más, ceda más y salga con la mitad de lo que no estaba en la lista. A la salida me esperan las redes, los influencers, los reels donde otras familias parecen tenerlo todo bajo control. Cada uno con una pequeña dosis de culpa anexa.
La carga es invisible porque viene en pedacitos. Ninguno pesa demasiado. Todos juntos pesaban, en mi caso, más que cualquier cosa que probablemente mi papá hubiera tenido que cargar.
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El día que dejé de intentar ser perfecto
Llevo años trabajando en cómo se alimentan los niños. Fundé, junto a mis socias, una empresa que existe para resolver exactamente este problema. Si alguien debería tener la alimentación de su hijo resuelta, debería ser yo.
No la tengo.
Hay noches de pizza por puro cansancio. Hay domingos donde la preparación de la semana no ocurre porque el fin de semana se fue apagando incendios con una gripa. Lunes donde la lonchera se arma con más improvisación que cariño.
Durante meses traté de esconder eso. Conmigo mismo y con el mundo. Trataba de ser empresario que ejecuta al cien por ciento lo que predica. Esa imagen de pronto vende, pero no sirve para la vida real. Y la vida real, hoy lo tengo claro, es lo único que me importa.
Algo aprendí construyendo cosas, en la empresa y en la casa. Una casa bien armada no necesita un padre infalible. Necesita un padre constante, que entienda que el secreto no está en su fuerza de voluntad, sino en cómo está preparada la cocina.
Un arquitecto puede diseñar el edificio más hermoso del mundo y vivir en un apartamento desordenado. Eso no invalida el plano. Un entrenador de élite puede tener sobrepeso a los sesenta y cinco años y seguir siendo el mejor estratega de sus atletas. El valor de lo que se construye no está en la perfección de quien lo opera. Está en lo construido.
El mito del padre perfecto es un mito. Pero es algo peor también. Es una vara imposible que nos vendieron como mínimo. Y cuando lo mínimo es imposible, lo único que producimos es culpa.
Los padres con los que hablo no fallan por falta de información. Fallan exactamente como yo, porque a las siete de la noche el cerebro humano no fue diseñado para tomar la decimoquinta decisión consciente del día. Fallamos porque nunca existió esa persona con energía infinita y voluntad inquebrantable a la que los manuales le hablan. Nunca existió. Tampoco va a existir mañana.
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La culpa que tuve y que ya no tengo
Si este texto deja una sola idea pegada, ojalá sea esta.
La culpa parental no sirve para nada.
No me dice qué falló de verdad. No me da un camino para arreglarlo. Lo único que me producía era parálisis, vergüenza y dependencia de la motivación, que es justamente lo que se evapora cuando más se necesita.
Más información no me hizo mejor padre. Me hizo más culpable. Leía etiquetas, veía documentales, conocía los riesgos del azúcar añadido. Y aun así a las siete de la noche tomaba decisiones que un padre desinformado también hubiera tomado. La diferencia era que yo cargaba un bono de culpabilidad encima.
Saber, sin una casa preparada para volver ese saber realidad, es una carga. No una ventaja.
Y la culpa fue, durante mucho tiempo, la forma más sofisticada en que esa carga me aplastaba sin que me diera cuenta. Porque la culpa se siente como compromiso. Se siente como amor. Se siente como “estoy haciendo algo”. Pero no alimenta a nadie. No protege a nadie. No construye nada.
Vivirla como culpa era absurdo. Era inútil. Lo que sí alimentaba, lo que sí protegía, lo que sí construía, era convertir esa carga en otra cosa. Dejar de pelear contra los síntomas y empezar a cambiar las condiciones que los producen.
Cuando entendí eso, dejé de cargarla. Y la cabeza me cambió.
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Lo que descubrí mirando a Juan Pedro
Hay algo que me digo a mí mismo, y a otros padres, cuando los veo en este punto.
Mi hijo no va a heredar mi conocimiento. Va a heredar la casa en la que creció.
Juan Pedro no va a recordar mi charla sobre la proteína. No va a citar el reel que me cambió la vida sobre los aceites de semilla. Pero sí va a recordar (espero), en la forma silenciosa en que el cuerpo recuerda, que en su casa la fruta estaba siempre visible y cortada. Que el agua era la bebida por defecto. Que la cena era un acto predecible, no una improvisación angustiante. Que los vegetales estaban en el plato como parte del paisaje, no como castigo.
Son cosas pequeñas. Increíblemente pequeñas. Por eso funcionan.
Hay un número que me ronda desde hace meses. Ciento ochenta días. Más o menos los seis meses que toma que una costumbre, repetida con paciencia, se vuelva normal en el cuerpo de un niño. Ciento ochenta días de fruta visible. Ciento ochenta días de agua por defecto. Ciento ochenta días de cenas sin drama. Ciento ochenta días de loncheras armadas sin pánico.
Cada día deposita interés sobre interés. Cada cena predecible es un voto. Cada exposición tranquila a un sabor nuevo es un refuerzo. Cada decisión que ve modelada queda escrita en algún lado.
El efecto es exponencial. Pero solo si dejo de exigirme heroísmo diario y acepto que mi oficio como padre es sostener algo sencillo el tiempo suficiente para que la biología lo absorba.
Lo que Juan Pedro se va a llevar de esta casa, al final, no es una serie de hazañas mías. Se va a llevar una repetición. Y se va a llevar a nosotros. A Juli y a mí, humanos, cansados, suficientes, eligiendo una y otra vez seguir armando la cocina, seguir comprando con lista, seguir sentándonos a la mesa.
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Suficientemente bueno
Aquí está lo que yo quería decir.
No me estoy volviendo mejor padre por culpa. No por compararme. No por saber más cosas que el papá que yo tenía hace cinco años.
Me estoy volviendo suficientemente bueno porque cambié de juego.
Dejé de pensar en cada batalla suelta (cedí ante el berrinche, compré la caja, pedí domicilio) y empecé a mirar la dinámica entera de mi casa, esa que produce esas escenas con la regularidad de un fenómeno físico. Cuando cambié la dinámica, el resto se acomodó casi solo.
Menos fuerza de voluntad. Menos esfuerzo extra. Más casa preparada.
Mi meta ya no es ser mejor padre a las siete de la noche. Mi meta es que a las siete de la noche la cocina ya haya tomado la decisión por mí. Que la opción buena sea la opción fácil. Que lo nutritivo esté al frente, a la altura de los ojos, listo. Que lo dañino quede en el estante alto, no prohibido, solo un poco más lejos.
Eso no me pide motivación. No me pide disciplina. Me pide que el domingo, descansado, con la cabeza fresca, deje la casa lista para sostener al cansado del miércoles.
Si tengo todo eso (acceso, margen, tiempo, agua potable, una nevera, la posibilidad de elegir entre opciones) sentir culpa por tenerlo es absurdo. La culpa no le devuelve nada a nadie. Lo único que tiene sentido es convertir ese margen en una casa que cuide a los míos incluso cuando yo no estoy en mi mejor versión.
Mi responsabilidad no se mide por mi culpa. Se mide por lo que sí puedo hacer.
Y lo que sí puedo hacer, casi siempre, es mucho más de lo que la cabeza cansada me deja ver.
Ser suficientemente bueno no es aspirar a menos. Es aspirar a algo más sostenible y más profundo. Es construir una casa donde el ritmo sea claro, el agua siempre esté disponible, la cena tenga horario, el caos tenga límites. Es elegir, día tras día sin drama, una opción suficientemente buena por encima de la opción perfecta inexistente. Es perdonarme la pizza del martes para preservar la energía del domingo, cuando armo la lista que va a sostener la semana entera.
Es entender, sobre todo, que el amor que le tengo a Juan Pedro no se va a demostrar el día en que todo salga bien. Se va a demostrar en los miles de días normales donde nada extraordinario pasa, y estamos ahí.
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Cierre
Hace ya casi 3 años nació Juan Pedro. Pasó sus primeros diez días en cuidados intensivos neonatales. Luego tuvo cinco cirugías intestinales antes de cumplir los 6 meses de vida.
No quiero que este texto sea una historia sobre él. Cada familia tiene su propia versión del momento en que la vida la pone de rodillas. Pero algo aprendí esos meses que creo que vale compartir.
Lo aprendí mirando el cuerpo de mi hijo hacer lo que ningún discurso motivacional podría hacer. Adaptarse. No volver al estado anterior. Reorganizarse en algo más robusto, no a pesar del estrés, sino con él.
Eso me enseñó algo sobre nosotros, los padres.
La resiliencia de un hijo no se construye con padres perfectos. Tampoco con padres ausentes, o con padres que se exigieron tanto que terminaron rotos en el intento. Se construye con padres suficientemente buenos. Padres que aceptan que su poder no está en sus palabras, no está en su perfección, no está en su autoridad. Está en la casa que sostienen, día tras día, sin aplausos.
Hoy, mientras escribo esto, Juan Pedro luego de ver Peppa Pig, se fue a comer, pijama y a dormir sin contratiempos. Juli se quedó dormida a las 8pm. Estaba fundida. La cocina está sucia. Yo estoy cansado.
Y por primera vez en mucho tiempo, no me siento un mal padre. Me siento un padre suficiente. Que es exactamente el padre que mi hijo necesita esta noche.
Las herramientas están sobre la mesa. La pregunta no es si las tenemos. Es qué hacemos con ellas, cansados, imperfectos, suficientes.